El vino uruguayo se debate entre la gran calidad y la prohibición



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Día 26/07/2017

El vino uruguayo se debate entre la gran calidad y la prohibición

Tiene mérito, mucho mérito, que Uruguay, un país con algo menos de tres millones y medio de habitantes tenga arraigada una cultura de vino a la que, sin duda, han contribuido sobremanera sus ancestros italianos y españoles. Y ese mérito es aún mayor si para ello tiene que luchar denodadamente con sus gigantescos vecinos de Argentina y Brasil, que no dudan, en cuanto pueden, en hacerle la puñeta en sus relaciones comerciales.

Y es que en Uruguay, con excepción de las vacas de carne así como el nivel cultural y el emprendimiento de sus admirables ciudadanos, todo es pequeño. La viticultura, por ejemplo, se ciñe a poco más de 6.800 hectáreas que gobiernan algo menos de 700 viticultores y 180 bodegas, con una producción estimada en 2017 de 78 millones de litros, una cantidad que es fácilmente asimilada por una población acostumbrada al vino, que conserva la buena costumbre de exportar alrededor de cuatro millones de litros e importar algo menos, generalmente procedentes de Argentina, Francia y, en menor medida, Italia y España.

La designación, por parte del Parlamento, del vino uruguayo como Bebida Nacional supuso la ratificación por parte del poder político de una realidad popular. De esta forma, se instaba a los poderes públicos a que el vino uruguayo esté presente en todos los actos oficiales, tanto dentro del país como en las embajadas, en lugar preferente.

Sin embargo, las presiones del lobby antialcohol que suponen las directrices de la Organización Mundial de la Salud, que veta cualquier iniciativa que elogie las virtudes del consumo moderado de vino, por el hecho de tener alcohol, ha tenido efectos perniciosos sobre las normas emanadas del Ejecutivo uruguayo y especialmente de las inspiradas por su presidente Tabaré Vázquez, un socialdemócrata que encabeza el conglomerado político del Frente Amplio en el poder desde hace años, que agrupa desde grupos democristianos a marxista-leninistas.

Vázquez, médico oncólogo de profesión, ha cedido a las pretensiones de la OMS, algo a lo que no se atrevió su antecesor en el cargo José Mujica, y ha claudicado con una ley que castiga duramente a todo conductor que supere el nivel cero de alcohol, lejos de la permisividad europea que, en general, juega con un margen entre  0,25 y  0,50 gramos de alcohol  por litro de sangre. Curiosamente, la permisividad mostrada con el cannabis, cuyo consumo queda reglamentado con su dispensa en farmacias para luchar contra el narcotráfico, se veta al alcohol como en la Ley Seca de los Estados Unidos, que lo único que consiguió fue hacer ricos a los mafiosos.

Uruguay, un país que ha hecho de la variedad tannat, que abarca algo más de 1.700 hectáreas, una seña de identidad, merece una norma más equilibrada que respete la libertad responsable del consumidor y, a  la vez, la vida de viandantes y conductores ante los irresponsables que no son capaces de beber con tino. La responsabilidad y mesura de la clase política uruguaya y de sus ciudadanos de a pie merece encontrar una fórmula que contente a la mayoría y no penalice al sector vitivinícola, que forma parte inseparable de las señas de identidad de este pequeño-gran país.

 

José Luis Murcia

 
José Luis Murcia
Periodista. Presidente de AEPEV-FIJEV.

 




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